Historias

El futuro duque de La Albufera entra en el convento

La intensa historia del Convento de San José y Santa Teresa. Parte II.

La intensa historia del Convento de San José y Santa Teresa. Parte II

Estábamos en 1812 cuando Louis Gabriel Suchet, conocido como mariscal Suchet, sitió por tercera y definitiva vez la ciudad de València. Con motivo de la victoria, fue condecorado con el título de duque de La Albufera, un reconocimiento que le supo agridulce, ya que trató, en vano, de ser nombrado duque de Valencia en vez de señor y mandamás del lago y sus habitantes. 

El 14 de enero de ese mismo año, cuando Suchet y las tropas invasoras cruzaban la Puerta de San José -también conocida como Portal Nou- las monjas refugiadas en el convento se agitaban nerviosas por el estruendo de los 33.000 hombres del francés que luchaban contra los 26.000 soldados de las fuerzas aliadas, capitaneadas por el general inglés Blake. Entre las novicias, una era sobrina del militar galo, y como tal, reclamó la protección de su eminente tío, quien intercedió para evitar la expulsión de la orden.  

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Los cronistas de la época registraron, para la posterioridad, las pequeñas menudencias de la vida diaria, regidas por la beatería y los marcados usos sociales. Sabemos que las mujeres vestían basquiña negra de seda casi hasta los pies -todo un rato pasar los charcos sin mojarse las faldas-, pañuelo al cuello y pelo recogido con una trenza. Los hombres, con calzones hasta la rodilla, chaleco corto y zapatos de punta con hebilla. Los más pudientes se cubrían con un sombrero de tres picos y una capa de paño rojo, ostentosidad alejada del sobrio hábito de las Carmelitas del Convento de San José y Santa Teresa: túnica color café oscuro, cinturón de cuero, escapulario y un manto blanco sin mácula. 

En el barrio acontecía lo propio de la vida cotidiana. L’Aiguador traía un cántaro bajo el brazo con el que dar de beber a la población. A las 12 la actividad se detenía para comer arroz -las pastas y sémolas eran cosa de privilegiados- y cuando caía la tarde, los hombres acudían al Encant o baratillo, donde trapicheaban con prendas y otros enseres. 

En paralelo, una València de moral distraída y malas artes que se desarrollaba junto a la aparición de las primeras fuentes públicas y ciertas mejoras urbanísticas, y en el convento, nadie sabía lo que ocurría pero de puertas para adentro…  

Plaza Portal Nou, 6, 46006 València
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