Historias

El Monte Carmelo de Israel, monjas manchegas y un convento en construcción

La trepidante historia desconocida del Convento de San José y Santa Teresa. Parte I.

La trepidante historia desconocida del Convento de San José y Santa Teresa. Parte I

1588. Tan sólo 8 años de andadura llevaba Santa Teresa de Jesús en Villanueva de la Jara, un pequeño pueblo conquense de la Manchuela, cuando su colaborador fray Ambrosio Mariano de San Benito, recibió del Arzobispo de Valencia el permiso para fundar un monasterio de su orden. Llevándose consigo -para enojo de los jareños- a un grupo de monjas arribó a la ciudad del Turia. Las novicias estaban destinadas a ocupar un nuevo convento localizado en la plaza del Portal Nou, en el barrio de El Carmen, barrio que, dicho sea de paso recibe su nombre en honor a los carmelitas que en el siglo XIV se instalaron en la zona. Dentro de los murallas de El Carmen, estos hermanos buscaban emular a los primeros eremitas del Monte Carmelo, en Israel, ascetas que apostaban por la vida contemplativa, el justo trabajo y la meditación.

Ya en 1609, las monjas se trasladan al nuevo monasterio, llamado Convento de San José y Santa Teresa, un edificio aún por terminar en el que las hermanas intervinieron, haciendo de su noviciado, un lugar propio. Las obras finalizaron en 1628, el resultado: un edificio resguardado en la plazoleta del Portal Nou, de atmósfera recoleta y monacal en la que a lo largo de los años se atesoraron valiosos ornamentos divinos, pequeñas obras de arte y crónicas ocultas de la vida claustral. 

Arquitectónicamente, el conjunto se corresponde con las líneas propias de la reforma de Santa Teresa, como refleja la Guía de Arquitectura de Valencia, CTAV 2007: «Planta de cruz latina con crucero no saliente, cabecera plana, bóveda de cañón y cúpula sin tambor sobre pechinas, rematada al exterior por un cimborrio cúbico con cubierta inclinada». Pero esto, esto es un secreto escondido tras la discreta fachada actual. Altos muros de color crema pálido con salpicaduras de graffitis, palmeras que despuntan como asomándose al tránsito de la calle Blanqueries y el remate de un ventanuco que en su día iluminaba el coro. 

Pasaron los lustros, los festejos por la canonización de San Juan de la Cruz en 1727 trajeron consigo ricas aplicaciones de rocalla en el interior, un jardín cada vez más exuberante que daba flores y frutos, feligreses que acudían con devoción a las misas y esa quieta cotidianidad propia de un convento de clausura, pero, ¡ay! los cañones de las tropas napoleónicas llamaron con bravura a las puertas de la ciudad… 

(Fotografía principal de Milena Villalba)

Plaza Portal Nou, 6, 46006 València
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